
Hay temas que no tienen discusión. Y que Fantasía de Disney es una obra maestra es algo que no se puede negar. Claro que si Javi se empeñaba en que así era ni yo ni Claudia, ni Bea le íbamos a convencer de lo contrario. En esas estábamos discutiendo cuando llamaron a la puerta. Era el elemento sorpresa de la tarde. Por fin mi estimado amigo Mario se decidió a aparecer después de una Semana Santa ausente y fue también así como conoció a Claudia y a Bea, a quienes daría mucho de que hablar en el futuro por diferentes motivos. Pero no fue hasta una de las pausas en las que salimos al balcón mientras las dos zagalas y Javi se entretenían al ritmo de Paramore en el Guitar Hero. Resultaba extremadamente reconfortante estar allí en ese momento. La temperatura era ideal pero el ambiente que se respiraba era como el de una burbuja en la que se detiene el tiempo y toda las vivencias se quedan aparte para dejar paso a un momento de tranquilidad. Como un paréntesis al ritmo cotidiano del mundo. En esos momentos me preguntaba si algún día volveríamos a ser los Epi y Blas de antaño o habríamos crecido lo suficiente como para no creer ya en esas fantasías. Entonces llegó Bea exigiendo reanudar la sesión y ese momento que podía haber durado horas se desvaneció igual que se desvanecían día a día las esperanzas de que esa Fantasía se hiciera realidad.
Transcurrido San Valentin las cosas empezaban a ponerse mas duras. Aunque había recibido varias felicitaciones, pero eso no era suficiente para llenar el vacío que sentía en mi interior. Lo cierto es que mi sangre caliente empezaba a reclamar guerra, y yo ante el gélido frió y la ausencia total de interés por parte de los Hampsters me sentía cada días mas encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación. Por suerte al sábado siguiente había fiesta en casa de Susana, y aunque los americanitos no se lo sabían montar bien, aparte de ponerse to ciegos y restregarse con cualquiera que les pasara al lado, entre los Internationals conseguimos animar un poco la cosa y al final lo que parecía una aburrida noche mas se volvió algo realmente bueno en la que terminamos bailando la macarena, el asereje y demás megahits del verano. En fin, que tal vez aún había una esperanza en todo esto que me permitiera pasar un gran semestre. Aunque comparado con el anterior este estaba siendo de lo mas monótono. Vale que para el resto solo era una parte mas de sus años universitarios, pero yo quería mi año en América a lo grande y me desesperaba al ver que de momento se estaba desaprovechando. Por suerte Susana conocía la solución a todos mis problemas y en apenas dos semanas consiguió que cambiara mi perspectiva totalmente. Lo mejor aún estaba por venir.
Hasta que finalmente llegamos a la playa. Después de haber estado mas de 30 minutos debajo de los chorros de los bomberos lo que mas nos apetecía ahora era sentarnos a beber tranquilamente y disfrutar del ambiente que se respiraba en aquella playa, aunque lo cierto es que estaba tan abarrotada de gente que se hacía un poco agobiante. Así pues allí estábamos nosotros. Y allí también estaban Claudia y Andrés, que aunque no habían aparecido en el mejor momento precisamente, lo cierto es que ayudaron a amenizar la fiesta. Pero el extremo cansancio era mas que palpable en muchos de nosotros y aunque fue una agradable velada, no dio de si todo lo que podía haber dado. Así pues con las primeras luces del alba y ya sin la singular pareja el resto decidimos levantar el campamento y volver a casa. Yo tuve la posibilidad de quedarme, pero elegí volver a Murcia y así lo hice en el primer tren de la mañana. Una vez en mi ciudad emprendí el camino rumbo a mi casa bajo ese calor abrasador. Las piernas me respondían a duras penas y el cansancio que llevaba encima era mas que evidente. Pero ya quedaba poco. Ya quedaba poco para irme a América y que las cosas cambiaran para siempre. Empezaba a estar harto de estar solo, de no poder cambiar ciertos sentimientos. De estar atado a ese Destino.
Transcurrido San Valentin las cosas empezaban a ponerse mas duras. Aunque había recibido varias felicitaciones, pero eso no era suficiente para llenar el vacío que sentía en mi interior. Lo cierto es que mi sangre caliente empezaba a reclamar guerra, y yo ante el gélido frió y la ausencia total de interés por parte de los Hampsters me sentía cada días mas encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación. Por suerte al sábado siguiente había fiesta en casa de Susana, y aunque los americanitos no se lo sabían montar bien, aparte de ponerse to ciegos y restregarse con cualquiera que les pasara al lado, entre los Internationals conseguimos animar un poco la cosa y al final lo que parecía una aburrida noche mas se volvió algo realmente bueno en la que terminamos bailando la macarena, el asereje y demás megahits del verano. En fin, que tal vez aún había una esperanza en todo esto que me permitiera pasar un gran semestre. Aunque comparado con el anterior este estaba siendo de lo mas monótono. Vale que para el resto solo era una parte mas de sus años universitarios, pero yo quería mi año en América a lo grande y me desesperaba al ver que de momento se estaba desaprovechando. Por suerte Susana conocía la solución a todos mis problemas y en apenas dos semanas consiguió que cambiara mi perspectiva totalmente. Lo mejor aún estaba por venir.
Hasta que finalmente llegamos a la playa. Después de haber estado mas de 30 minutos debajo de los chorros de los bomberos lo que mas nos apetecía ahora era sentarnos a beber tranquilamente y disfrutar del ambiente que se respiraba en aquella playa, aunque lo cierto es que estaba tan abarrotada de gente que se hacía un poco agobiante. Así pues allí estábamos nosotros. Y allí también estaban Claudia y Andrés, que aunque no habían aparecido en el mejor momento precisamente, lo cierto es que ayudaron a amenizar la fiesta. Pero el extremo cansancio era mas que palpable en muchos de nosotros y aunque fue una agradable velada, no dio de si todo lo que podía haber dado. Así pues con las primeras luces del alba y ya sin la singular pareja el resto decidimos levantar el campamento y volver a casa. Yo tuve la posibilidad de quedarme, pero elegí volver a Murcia y así lo hice en el primer tren de la mañana. Una vez en mi ciudad emprendí el camino rumbo a mi casa bajo ese calor abrasador. Las piernas me respondían a duras penas y el cansancio que llevaba encima era mas que evidente. Pero ya quedaba poco. Ya quedaba poco para irme a América y que las cosas cambiaran para siempre. Empezaba a estar harto de estar solo, de no poder cambiar ciertos sentimientos. De estar atado a ese Destino.
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